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Pedro Antonio de Alarcón

Cosas que fueron

Créditos

ISBN rústica: 978-84-96290-55-6.

ISBN ebook: 978-84-9897-171-2.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 9

La vida 9

Al excelentísimo señor don Manuel M. de Santa Ana 10

LA NOCHEBUENA DEL POETA 11

I 11

II 11

III 14

IV 15

V 16

VI 17

VII 18

VIII 19

IX 20

LAS FERIAS DE MADRID 23

I 23

II 23

III 24

EL PAÑUELO. CUADRO DE BATISTA 29

I 29

SI YO TUVIERA CIEN MILLONES... 40

I 40

II 40

III 45

IV 47

CARTAS A MIS MUERTOS 50

Prefacio 50

I 51

II 52

III 52

IV 54

V 54

VI 55

VII 55

VIII 56

IX 56

X 57

XI 57

LO QUE SE VE CON UN ANTEOJO 59

I 59

II 60

III 61

IV 62

V 62

VI 63

VII 66

EL AÑO NUEVO 67

I 67

II 69

III 71

LA FEA. AUTOPSIA 74

I 74

II 76

III 76

IV 78

V 79

...DIARIO DE UN MADRILEÑO 83

I 83

II 84

III 87

IV 88

V 89

VI 92

VII 94

VIII 99

IX 102

X 104

VISITAS A LA MARQUESA 107

Introducción 107

Primera visita 109

Segunda visita 114

Tercera visita 118

La culpa tiene el dinero 120

Cuarta visita 121

Quinta visita 125

Sexta visita 126

...EL COMETA NUEVO. ENSAYO ASTRONÓMICO-POLÍTICO 132

A UNA MÁSCARA 135

BOCANADA DE HUMO 139

...EL CARNAVAL EN MADRID 145

I Los bailes de Capellanes 145

II Los bailes del Teatro Real 147

III El carnaval en el Prado 148

MIS RECUERDOS DE AGRICULTOR 150

UN MAESTRO DE ANTAÑO. FRAGMENTO DE LAS «MEMORIAS INÉDITAS DEL BACHILLER PADEAYA», QUE SE PUBLICARÁN ÍNTEGRAS DESPUÉS DE SU MUERTE 154

I 154

II 156

III 160

IV 165

Libros a la carta 169

Brevísima presentación

La vida

Pedro Antonio de Alarcón (Guadix, Granada, 1833-Madrid, 1891). España.

Hizo periodismo y literatura. Su actividad antimonárquica lo llevó a participar en el grupo revolucionario granadino «la cuerda floja».

Intervino en un levantamiento liberal en Vicálvaro, en 1854, y —además de distribuir armas entre la población y ocupar el Ayuntamiento y la Capitanía general— fundó el periódico La Redención, con una actitud hostil al clero y al ejército. Tras el fracaso del levantamiento, se fue a Madrid y dirigió El Látigo, periódico de carácter satírico que se distinguió por sus ataques a la reina Isabel II.

Sus convicciones republicanas lo implicaron en un duelo que trastornó su vida, desde entonces adoptó posiciones conservadoras.

Cosas que fueron es un cuadro de costumbres de la España del XIX.

Al excelentísimo señor don Manuel M. de Santa Ana

Padrino que fue de la primera edición del presente libro, publicado el año de 1871, dedica también esta edición

Su afectísimo amigo y compañero,

El autor.

LA NOCHEBUENA DEL POETA

En un rincón hermoso

De Andalucía

Hay un valle risueño...

¡Dios lo bendiga!

Que en ese valle

Tengo amigos, amores,

Hermanos, padres.

(De El Látigo.)

I

Hace muchos años (¡como que yo tenía siete!) que, al oscurecer de un día de invierno, y después de rezar las tres Avemarías al toque de Oraciones, me dijo mi padre con voz solemne:

—Pedro: hoy no te acostarás a la misma hora que las gallinas: ya eres grande y debes cenar con tus padres y con tus hermanos mayores. Esta noche es Nochebuena.

Nunca olvidaré el regocijo con que escuché tales palabras.

¡Yo me acostaría tarde!

Dirigí una mirada de triunfo a aquellos de mis hermanos que eran más pequeños que yo, y me puse a discurrir el modo de contar en la escuela, después del día de Reyes, aquella primera aventura, aquella primera calaverada, aquella primera disipación de mi vida.

II

Eran ya las Ánimas, como se dice en mi pueblo.

¡En mi pueblo: a noventa leguas de Madrid: a mil leguas del mundo: en un pliegue de Sierra Nevada!

¡Aún me parece veros, padres y hermanos!

Un enorme tronco de encina chisporroteaba en medio del hogar: la negra y ancha campana de la chimenea nos cobijaba: en los rincones estaban mis dos abuelas, que aquella noche se quedaban en nuestra casa a presidir la ceremonia de familia; enseguida se hallaban mis padres, luego nosotros, y entre nosotros, los criados...

Porque en aquella fiesta todos representábamos la Casa, y a todos debía calentarnos un mismo fuego.

Recuerdo, sí, que los criados estaban de pie y las criadas acurrucadas o de rodillas. Su respetuosa humildad les vedaba ocupar asiento.

Los gatos dormían en el centro del círculo, con la rabadilla vuelta a la lumbre.

Algunos copos de nieve caían por el cañón de la chimenea, ¡por aquel camino de los duendes!

¡Y el viento silbaba a lo lejos, hablándonos de los ausentes, de los pobres, de los caminantes!

Mi padre y mi hermana mayor tocaban el arpa, y yo los acompañaba, a pesar suyo, con una gran zambomba.

¿Conocéis la canción de los Aguinaldos, la que se canta en los pueblos que caen al Oriente del Mulhacem?

Pues a esa música se redujo nuestro concierto.

Las criadas se encargaron de la parte vocal, y cantaron coplas como la siguiente:

Esta noche es Nochebuena,

Y mañana Navidad;

Saca la bota, María,

Que me voy a emborrachar.

Y todo era bullicio; todo contento. Los roscos, los mantecados, el alajú, los dulces hechos por las monjas, el rosoli, el aguardiente de guindas circulaban de mano en mano... Y se hablaba de ir a la Misa del Gallo a las doce de la noche, y a los Pastores al romper el alba, y de hacer sorbete con la nieve que tapizaba el patio, y de ver el Nacimiento que habíamos puesto los muchachos en la torre...

De pronto, en medio de aquella alegría, llegó a mis oídos esta copla, cantada por mi abuela paterna:

La Nochebuena se viene,

La Nochebuena se va,

Y nosotros nos iremos

Y no volveremos más.

A pesar de mis pocos años, esta copla me heló el corazón.

Y era que se habían desplegado súbitamente ante mis ojos todos los horizontes melancólicos de la vida.

Fue aquel un rapto de intuición impropia de mi edad; fue milagroso presentimiento; fue un anuncio de los inefables tedios de la poesía; fue mi primera inspiración... Ello es que vi con una lucidez maravillosa el fatal destino de las tres generaciones allí juntas y que constituían mi familia. Ello es que mis abuelas, mis padres y mis hermanos me parecieron un ejército en marcha, cuya vanguardia entraba ya en la tumba, mientras que la retaguardia no había acabado de salir de la cuna. ¡Y aquellas tres generaciones componían un siglo! ¡Y todos los siglos habrían sido iguales! ¡Y el nuestro desaparecería como los otros, y como todos los que vinieran después!...

La Nochebuena se viene,

La Nochebuena se va...

Tal es la implacable monotonía del tiempo, el péndulo que oscila en el espacio, la indiferente repetición de los hechos, contrastando con nuestros leves años de peregrinación por la tierra...

¡Y nosotros nos iremos

Y no volveremos más!

¡Concepto horrible, sentencia cruel, cuya claridad terminante fue para mí como el primer aviso que me daba la muerte, como el primer gesto que me hacía desde la penumbra del porvenir!

Entonces desfilaron ante mis ojos mil Nochesbuenas pasadas, mil hogares apagados, mil familias que habían cenado juntas y que ya no existían; otros niños, otras alegrías, otros cantos perdidos para siempre; los amores de mis abuelas, sus trajes abolidos, su juventud, los recuerdos que les asaltarían en aquel momento; la infancia de mis padres, la primera Nochebuena de mi familia; todas aquellas dichas de mi casa anteriores a mis siete años... ¡Y luego adiviné, y desfilaron también ante mis ojos mil Nochesbuenas más, que vendrían periódicamente, robándonos vida y esperanza; alegrías futuras en que no tendríamos parte todos los allí presentes, mis hermanos, que se esparcirían por la tierra; nuestros padres, que naturalmente morirían antes que nosotros; nosotros solos en la vida; el siglo XIX sustituido por el siglo XX; aquellas brasas hechas ceniza; mi juventud evaporada; mi ancianidad, mi sepultura, mi memoria póstuma, el olvido de mí; la indiferencia, la ingratitud con que mis nietos vivirían de mi sangre, reirían y gozarían, cuando los gusanos profanaran en mi cabeza el lugar en que entonces concebía todos aquellos pensamientos!...

Un río de lágrimas brotó de mis ojos. Se me preguntó por qué lloraba, y, como yo mismo no lo sabía, como no podía discernirlo claramente, como de manera alguna hubiera podido explicarlo, interpretóse que tenía sueño y se me mandó acostar...

Lloré, pues, de nuevo con este motivo, y corrieron juntas, por consiguiente, mis primeras lágrimas filosóficas y mis últimas lágrimas pueriles, pudiendo hoy asegurar que aquella noche de insomnio, en que oí desde la cama el gozoso ruido de una cena a que yo no asistía por ser demasiado niño (según se creyó entonces), o por ser ya demasiado hombre (según deduzco yo ahora), fue una de las más amargas de mi vida.

Debí al cabo de dormirme, pues no recuerdo si quedaron o no en conversación la Misa del Gallo, la de los Pastores y el sorbete proyectado.

III

¿Dónde está mi niñez?

Paréceme que acabo de contar un sueño.

¡Qué diablo! ¡Ancha es Castilla!

Mi abuela paterna, la que cantó la copla, murió hace ya mucho tiempo.

En cambio mis hermanos se casan y tienen hijos.

El arpa de mi padre rueda entre los muebles viejos, rota y descordada.

Yo no ceno en mi casa hace algunas Nochesbuenas.

Mi pueblo ha desaparecido en el océano de mi vida, como islote que se deja atrás el navegante.

Yo no soy ya aquel Pedro, aquel niño, aquel foco de ignorancia, de curiosidad y de angustia que penetraba temblando en la existencia.

Yo soy ya... ¡nada menos que un hombre, un habitante de Madrid, que se arrellana cómodamente en la vida, y se engríe de su amplia independencia, como soltero, como novelista, como voluntario de la orfandad que soy, con patillas, deudas, amores y tratamiento de usted!!!

¡Oh! Cuando comparo mi actual libertad, mi ancho vivir, el inmenso teatro de mis operaciones, mi temprana experiencia, mi alma descubierta y templada como piano en noche de concierto, mis atrevimientos, mis ambiciones y mis desdenes, con aquel rapazuelo que tocaba la zambomba hace quince años en un rincón de Andalucía, sonríome por fuera, y hasta lanzo una carcajada, que considero de muy buen tono, mientras que mi solitario corazón destila en su lóbrega caverna, procurando que no las vea nadie, lágrimas de infinita melancolía...

¡Lágrimas santas, que un sello de franqueo lleva al hogar tranquilo donde envejecen mis padres!

IV

Conque vamos al negocio; pues, como dicen los muchachos por esas calles de Dios:

Esta noche es Nochebuena

Y no es noche de dormir,

Que está la Virgen de parto

Y a las doce ha de parir.

¿Dónde pasaré la noche?

Afortunadamente, puedo escoger.

Y, si no, veamos.

Estamos a 24 de diciembre de 1855 en Madrid.

Conocemos por su nombre a los mozos de los cafés.

Tratamos tú por tú a los poetas aplaudidos, semidioses, por más señas, para los aficionados de provincias.

Visitamos los teatros por dentro, y los actores y los cantantes nos estrechan las manos entre bastidores.

Penetramos en la redacción de los periódicos, y estamos iniciados en la alquimia que los produce. Hemos visto los dedos de los cajistas tiznados con el plomo de la palabra, y los dedos de los escritores tiznados con la tinta de la idea.

Tenemos entrada en una tribuna del Congreso, crédito en las fondas, tertulias que nos aprecian, sastre que nos soporta...

¡Somos felices! Nuestra ambición de adolescente está colmada. Podemos divertirnos mucho esta noche. Hemos tomado la tierra. Madrid es país conquistado. ¡Madrid es nuestra patria! ¡Viva Madrid!

Y vosotros, jóvenes provincianos, que, a la caída de la tarde, en el otoño, solitarios y tristes, sacáis a pasear por el campo vuestros impotentes deseos de venir a la corte; vosotros, que os sentís poetas, músicos, pintores, oradores, y aborrecéis vuestro pueblo, y no habláis con vuestros padres, y lloráis de ambición, y pensáis en suicidaros... vosotros... ¡reventad de envidia, como yo reviento de placer!

V

Han pasado dos horas.

Son las nueve de la noche.

Tengo dinero.

¿Dónde cenaré?

Mis amigos, más felices que yo, olvidarán su soledad en el estruendo de una orgía.

—¡La noche es de vino! —exclamaban hace poco rato.

Yo no he querido ser de la partida...

—La noche es de lágrimas —les he contestado con desdén.

Mis tertulias están en los teatros. ¡Los madrileños celebran la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo oyendo disparatar a los comediantes!

Algunas familias, en las que soy extranjero, me han querido dar la limosna de su calor doméstico, convidándome a comer —¡porque ya no cenamos!...—. Pero yo no he ido; yo no iré; yo no quiero eso; yo busco mi cena pascual, la colación de Nochebuena, mi casa, mi familia, mis tradiciones, mis recuerdos, las antiguas alegrías de mi alma... ¡la Religión que me enseñaron cuando niño!

VI

¡Ah! Madrid es una posada.

En noches como esta se conoce lo que es Madrid.

Hay en la corte una población flotante, heterogénea, exótica, que pudiera compararse a la de los puertos francos, a la de los presidios, a la de las casas de locos.

Aquí hacen alto todos los viajeros que van de paso al porvenir, al reino fantástico de la ambición, o los que vuelven de la miseria y del crimen...

La mujer hermosa viene aquí a casarse o a prostituirse.

La pasiega deshonrada, a criar.

El mayorazgo, a arruinarse.

El literato, por gloria.

El diputado, a ser ministro.

El hombre inútil, por un empleo.

Y el sabio, el inventor, el cómico, el poeta, el gigante, el enano; así el que tiene una rareza en el alma, como el que la tiene en el cuerpo; lo mismo el monstruo de siete brazos o de tres narices, que el filósofo de doble vista; el charlatán, que el reformador; el que escribe melodías sublimes, que el que hace billetes falsos, todos vienen a vivir algún tiempo a esta inmensa casa de huéspedes.

Los que logran hacerse notar; los que encuentran quién los compre; los que se enriquecen a costa de sí mismos, se tornan en posaderos, en caseros, en dueños de Madrid, olvidándose del suelo en que se criaron...

Pero nosotros, los caminantes, los inquilinos, los forasteros, nos damos cuenta esta noche de que Madrid es un vivac, un destierro, una prisión, un purgatorio...

Y por la primera vez en todo el año conocemos que ni el café, ni el teatro, ni el casino, ni la fonda, ni la tertulia son nuestra casa...

Es más; ¡conocemos que nuestra casa no es nuestra casa!

VII

La Casa, aquella mansión tan sagrada para el patriarca antiguo, para el ciudadano romano, para el señor feudal, para el árabe; la Casa, arca santa de los Penates, templo de la hospitalidad, tronco de la raza, altar de la familia, ha desaparecido completamente en las capitales modernas.

La Casa existe todavía en los pueblos de provincia.

En ellos, nuestra casa es casi siempre nuestra...

En Madrid, casi siempre es del casero.

En provincias, cuando menos, la casa nos alberga veinte, treinta, cuarenta años seguidos...

En Madrid se muda de casa todos los meses, o, a más tardar, todos los años.

En provincias la fisonomía de la casa siempre es igual: simpática, cariñosa; envejece con nosotros; recuerda nuestra vida; conserva nuestras huellas...

En Madrid se revoca la fachada todos los años bisiestos; se visten las habitaciones con ropa limpia; se venden los muebles que consagró nuestro contacto.

Allí nos pertenece todo el edificio: el yerboso patio, el corral lleno de gallinas, la alegre azotea, el profundo pozo, terror de los niños, la torre monumental, los anchos y frescos cenadores...

Aquí habitamos medio piso, forrado de papel, partido en tugurios, sin vistas al cielo, pobre de aire, pobre de luz.

Allí existe el afecto de la vecindad, término medio entre la amistad y el parentesco, que enlaza a todas las familias de una misma calle...

¡Aquí no conocemos al que hace ruido sobre nuestro techo, ni al que se muere detrás del tabique de nuestra alcoba y cuyo estertor nos quita el sueño!

En provincias todo es recuerdos, todo amor local: en un lado, la habitación donde nacimos; en otro, la en que murió nuestro hermano; por una parte, la pieza sin muebles en que jugábamos cuando niños; por otra, el gabinete en que hicimos los primeros versos... y en un sitio dado, en la cornisa de una columna, en un artesonado antiguo, el nido de golondrinas, al cual vienen todos los años dos fieles esposos, dos pájaros de África, a criar una nueva prole...

En Madrid se desconoce todo esto.

¿Y la chimenea? ¿Y el hogar? ¿Y aquella piedra sacrosanta, fría en el verano y durante las ausencias, caliente y acariciadora en el invierno, en aquellas noches felices que ven la reunión de todos los hijos en torno de sus padres, pues hay vacaciones en el colegio, y los casados han acudido con sus pequeñuelos, y los ausentes, los hijos pródigos, han vuelto al seno de su familia? ¿Y ese hogar?...

Decidme, ¿dónde está ese hogar en las casas de la corte?

¿Será un hogar acaso la chimenea francesa, fábrica de mármol y hierro, que se vende en públicos bazares, y hasta se alquila en caso necesario?

¡La chimenea francesa! ¡He aquí el símbolo de una familia cortesana! ¡He aquí vuestro hogar, madrileños! ¡Hogar sujeto a la moda; hogar que se enajena cuando está antiguo; hogar que muda de habitación, de calle y de patria; hogar, en fin (y esto lo dice todo), que se empeña en un día de apuro!

VIII

He pasado por una calle, y he oído cantar sobre mi cabeza, entre el ruido de copas y de platos y las risas de alegres muchachas, la copla fatídica de mi abuela:

La Nochebuena se viene,

La Nochebuena se va,

Y nosotros nos iremos

Y no volveremos más.

—He ahí —me he dicho— una casa, un hogar, una alegría, un besugo y una sopa de almendra que pudiera comprar por tres o cuatro duros...

En esto, me ha pedido limosna una madre que llevaba dos niños: el uno en brazos, envuelto en deshilachado mantón, y el otro, más grande, cogido de la mano. ¡Ambos lloraban, y la madre también!

IX

No sé cómo he venido a parar a este café, donde oigo sonar las doce de la noche, ¡la hora del Nacimiento!

Aquí solo, aunque bulle a mi alrededor mucha gente, he dado en analizar la vida que llevo desde que abandoné mi casa paterna, y me ha horrorizado por primera vez esta penosa lucha del poeta en Madrid: ¡lucha en que sacrifica a una vana ambición tanta paz, tantos afectos!

¡Y he visto a los vates del siglo XIX convertidos en gacetilleros; a la Musa, con las tijeras en la mano despedazando sueltos y noticias; a los que en otros siglos hubieran cantado la epopeya de la Patria, zurcir hoy artículos de fondo, para rehabilitar un partido político, y ganar 50 duros mensuales!...

¡Pobres hijos de Dios! ¡Pobres poetas!

Dice Antonio Trueba (a quien dedico estos renglones):

Hallo tantas espinas

En mi jornada,

Que el corazón me duele,

¡Me duele el alma!...

¡He aquí mi Nochebuena del presente, mi Nochebuena de hoy!

Luego he tornado otra vez la vista a las Nochesbuenas de mi pasado, y, atravesando la distancia con el pensamiento, he visto a mi familia, que en esta hora patética me echará de menos; a mi madre, estremeciéndose cada vez que gime el viento en el cañón de la chimenea, como si aquel gemido pudiese ser el último de mi vida; a unos diciendo: «¡Tal año estaba aquí!». A, otros: «¿Dónde estará ahora?...».

¡Ay, no puedo más! ¡Yo os saludo a todos con el alma, queridos míos! Sí; yo soy un ingrato, un ambicioso, un mal hermano, un mal hijo... ¡Pero, ¡ay!, otra vez, y, ¡ay!, cien mil veces! Yo siento en mí una fuerza sobrenatural que me lleva hacia adelante y que me dice: ¡Tú serás! ¡Voz de maldición que estoy oyendo desde que yacía en la cuna!

Y ¿qué he de ser yo, desdichado? ¿Qué he de ser?

Y nosotros nos iremos

Y no volveremos más.

¡Ah! Yo no quiero irme; yo quiero volver; inmolo demasiado en la contienda para no salir victoroso; triunfaré en la vida y triunfaré de la muerte... ¿No ha de tener recompensa esta infinita angustia de mi alma?

Es muy tarde.

La copia de la difunta sigue revoloteando sobre mi cabeza:

La Nochebuena se viene

¡Ah, sí! ¡Vendrán otras Nochesbuenas —me he dicho— reparando en mis pocos años.

Y he pensado en las Nochesbuenas de mi porvenir.

Y he empezado a formar castillos en el aire.

Y me he visto en el seno de una familia venidera, en el segundo crepúsculo de la vida, cuando ya son frutos las flores del amor.

Ya se había calmado esta tempestad de amor y lágrimas en que zozobro, y mi cabeza reposaba tranquila en el regazo de la paciencia, ceñida con las flores melancólicas de los últimos y verdaderos amores.

¡Yo era ya un esposo, un padre, el jefe de una casa, de una familia!

El fuego de un hogar desconocido ha brillado a lo lejos, y a su vacilante luz he visto a unos seres extraños que me han hecho palpitar de orgullo.

¡Eran mis hijos!...

Entonces he llorado...

Y he cerrado los ojos para seguir viendo aquella claridad rojiza, aquella profética aparición, aquellos seres que no han nacido...

La tumba estaba ya muy próxima... Mis cabellos blanqueaban...

Pero ¿qué importaba ya? ¿No dejaba la mitad de mi alma en la madre de mis hijos? ¿No dejaba la mitad de mi vida en aquellos hijos de mi amor?

¡Ay! En vano quise reconocer a la esposa que compartía allí conmigo el anochecer de la existencia...

La futura compañera que, Dios me tenga destinada, esa desconocida de mi porvenir, me volvía la espalda en aquel momento...

¡No: no la veía!... Quise buscar un reflejo de sus facciones en el rostro de nuestros hijos, y el hogar empezó a apagarse.

Y cuando se apagó completamente, yo seguía viéndolo...

¡Era que sentía su calor dentro de mi alma!

Entonces murmuré por última vez:

La Nochebuena se va...

Y me quedé dormido... como pude quedarme muerto.

Cuando desperté, se habla ido ya la Nochebuena.

Era el primer día de Pascua.

1855

LAS FERIAS DE MADRID

Sunt lachrimae rerum.

(Virgilio.)

I

No creáis que es un artículo de costumbres, a la manera de los discretísimos y famosos de nuestro Curioso Parlante, lo que me propongo escribir hoy... Ni yo tendría fuerzas para tanto, ni, teniéndolas, incurriría en semejante anacronismo. Y digo esto, porque los artículos de costumbres no están ya de moda... ¡Cómo han de estarlo (perdonadme la rudeza de la expresión), si no se estilan ya las costumbres!!!... ¡Las costumbres, que son, o que eran, el alma de la vida y la vida toda de la sociedad!

Propóngome aquí únicamente sacar una especie de fotografía de las Ferias de Madrid (este año que, faltando también a su costumbre inveterada, se han trasladado de la calle de Alcalá al paseo de Atocha) y consignar algunas reflexiones melancólicas, por las cuales he venido a deducir que, si de la moderna sociedad van desapareciendo las costumbres, no acontece lo propio con los vicios.

Manos, pues, a la obra.

II

Como caen de los árboles las hojas secas, para abonar la tierra que embellecieron y sombrearon, y cooperar al florecimiento de otra primavera futura, así los trastos viejos de las Ferias de Madrid (impelidos por aquel mismo viento de la caída de la pámpana que arranca a los tísicos de las alcobas y se los lleva al camposanto) se desprenden, todos los otoños, de los sotabancos y bohardillas de la corte, y se convierten en lúgubres mueblajes para casas de huéspedes, o en ajuares de media tijera para matrimonios nuevos. Tal es la ley universal de lo creado.

Yo he visto (y sirva de prólogo esta digresión) hacer la testamentaría de un soltero, menor de treinta años, mantenedor de la buena causa en el Prado y en los salones, muy distante de su familia y de su aldea, y muerto repentinamente al salir de un baile de máscaras.

Era una mañana de invierno, y a la pálida luz de un día de nieve, manos profanas revolvían pañuelos bordados, cuellos de casa de Dubost, guardapelos, cartas de distintas letras, guantes, algunos napoleones y cuatro o cinco retratos, uno de ellos conocido (lo cual costó la honra a una mujer), los demás de buenas gentes de provincia (quizá padres y hermanos), y uno, en fin, del difunto, sacado cuando era niño y dirigía sus pasos al templo de Minerva...

Flores marchitas, fechas misteriosas, nombres adorados, reliquias venerandas, el libro predilecto, el afeite malicioso, el pagaré que le quitó el sueño algunas noches, los versos que se empeñó en hacer y no supo, todo pasó ante nuestros ojos como capítulos sueltos de varias novelas, o como números atrasados de un periódico.

Diríase que íbamos descubriendo con un escalpelo, fibra por fibra, los ventrículos de un corazón todavía caliente. Quién rompía lo peligroso; quién apartaba lo útil: esto se destinaba a la familia; aquello a la sola, a la triste, a la desconsolada amante; el dinero se dio a la parroquia para el entierro, y se convirtió al día siguiente en pan, legumbres y chocolate; la ropa fue a la aldea en busca del hermano menor, a quien con el tiempo le valió una conquista; tal pariente deseó un libro, tal amigo una acuarela, fulano la petaca, mengano la pluma y el sello... Y se lloró, se habló, se rió, se terminó el acto, se enterró al joven (que nada sabía de lo que pasaba); y llegó la primavera al poco tiempo, y la Naturaleza no se dio por entendida de la muerte de nuestro amigo.

III

Pero prosigamos.

Ni los puestos de fruta que cambian de sitio en estos días, ni las tiendas de juguetes y de quincalla que se salen al arroyo, ni las muchísimas encantadoras cursis en edad de merecer que andan de acá para allá, seguidas de sus madres o empresarias, en busca de un mediano casamiento, son suficientes a quitar al mortuorio mercado del otoño madrileño su aspecto repugnante y desconsolador.

Quédense para otros pueblos las ferias animadas y bulliciosas en que, como en los tiempos primitivos, acuden de lejas tierras caravanas de mercaderes con grandes ejércitos de ganado lanar, asnal, caballar, mular, de cerda, vacuno y cabrío; en que se hacen grandes negocios, compras, ventas, cambios, robos y hurtos, dando lugar a cuantiosas emigraciones e inmigraciones de reses; en que se ven tantos bailes como tiendas de campaña, tantos cuadros de costumbres como familias de mercaderes, tantas comilonas como tratos cerrados; en el que el uno acude para lucir a su serrana de negros ojos y terciado pañolón, el otro para lucir su yegua vistosamente enjaezada, todos de lujo y de fiesta, todos con un cinto lleno de oro, dispuestos a beber, reñir y jugar, y a dejar sin corazón a una docena de mujeres: quédense también para otros pueblos las ferias en que se compra lo nuevo, lo exótico, lo desconocido en todo el año, y lo tradicional, lo superfluo, lo útil y lo imprescindible (la yunta, el caballo de regalo, el cerdo para la matanza, la vajilla, la ropa de invierno, el abrigo de la cama, los cuadros del estrado, los pendientes, el collar, la sortija, los cubiertos de plata); ferias deseadas, temidas, festejadas, memorables, que hacen época en la vida, que marcan el plazo de los casamientos, que terminan el ajuste de los criados, que señalan, por último, el fin de los días de huelga, alegría y reposo posteriores a la cosecha, y el principio del recogimiento y de los nuevos trabajos que constituyen el arreglo de las casas durante los cuarteles de invierno de las familias...

Las Ferias de Madrid son todo lo contrario. ¡Doquiera que se vuelven los ojos no se ve más que tristeza, miseria, dolor, profanaciones, olvido!

Prescindamos del contingente que las Américas y el Rastro suministran a esa pavorosa exposición... Pasemos con los ojos cerrados y las narices tapadas por delante de los puestos en que se hallan de venta las ropas lavadas del que murió en el hospital, la ropa perdida por el jugador, la ropa execrada que llevó un ahorcado y la ropa ensangrentada del suicida desconocido... Entre esos puestos hay algunos que pueden compararse a una cesta de trapero, a un montón de mugre, a un tiesto de basura. En ellos se ven mezclados la mitad de unas tijeras, media cruz de Isabel la Católica, la peana de un Santo, unas hilas ya usadas, el faldón de un frac, el ala de un sombrero, la muleta de un cojo que murió, el mango de un cuchillo, el mástil de una guitarra, el tacón de una bota, una caja sin fondo, tres hojas de un libro, la pasta de otro, un pedazo de entorchado de general, un zapato viudo, un guante soltero... ¡y todo sucio, oxidado, agujereado, deshilachado, y apestado además por el ósculo de la muerte!