Mi_vision_del_islam_o_fmt.jpg

Tariq Ramadan

MI VISIÓN DEL ISLAM OCCIDENTAL

 

Traducción del francés de
David González Raga y Fernando Mora

 

 

Logo Kairos.tif

Título original: FACE À NOS PEURS

© 2010 Giulio Einaudi Editore S.p.A.
Published in Italian as
Islam e libertà.

© de la edición en castellano:
2011 by Editorial Kairós, S. A.
www.editorialkairos.com

© de la traducción del francés: David González Raga y Fernando Mora

Primera edición: Febrero 2011
Primera edición digital: Mayo 2011

ISBN: 978-84-7245-720-1
ISBN epub: 978-84-9988-012-9

Composición: Grafime. Mallorca 1. 08014 Barcelona

 

 

 

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.

A François Burgat,
a Alain Gresh

SUMARIO

Prefacio: Sobre la visibilidad

Introducción

Los inicios

Musulmán e “intelectual controvertido”

Varios frentes, dos universos y una sola palabra

Crisis cruzadas

Cambios rápidos y revoluciones silenciosas

Identidades múltiples. ¿Qué es antes, español o musulmán?

El islam europeo: religión y cultura

Musulmanes “culturales”, reformistas, literalistas, etcétera

Los logros

Los retos

La cuestión de la mujer

La sensación de pertenencia y el enfoque “postintegrador”

Cuestiones sociopolíticas y medios de comunicación

Las raíces de Europa

La reforma y las seis “ces”

Europa y su espejo: un nuevo “nosotros”

Frentes y críticas

Conclusión

ANEXOS

PREFACIO: SOBRE LA VISIBILIDAD

Las controversias se suceden de un modo que parece repetirse. En los últimos cinco años me he visto sumido en polémicas que, más allá de mi persona, ponen de relieve la naturaleza de los problemas a los que se enfrentan las sociedades occidentales. Resulta evidente que el pluralismo político no garantiza la gestión adecuada y serena del pluralismo cultural y religioso. Tanto en Francia como en los Estados Unidos, Bélgica, Suiza, Inglaterra, Italia, España y, más recientemente, los Países Bajos, me he visto obligado a participar en debates nacionales que parecen coincidir con la nueva visibilidad de los ciudadanos occidentales de confesión musulmana.

Cada país cuenta con su cultura, su sensibilidad y sus “puntos de fricción” y también, en consecuencia, con su propia lista de contenciosos sin resolver con el islam y los musulmanes, como el “velo islámico” en Francia y Bélgica, las cuestiones ligadas a la homosexualidad y a los comportamientos individuales, los minaretes en Suiza, etcétera. Por su parte, la violencia, la mujer y la sharî‘a son, entre otros, temas recurrentes en todas partes. El islam suscita muchas cuestiones. El islam es un problema.

Todas estas polémicas parten del asentamiento de sucesivas generaciones de musulmanas/es que han acabado convirtiéndose en ciudadanas/os de sus respectivos países. Una vez instalados, salen de su aislamiento, de su gueto social y de su marginalidad socio-política y, como bien señaló hace ya algunos años la socióloga Nilufer Göle, se tornan visibles. Pero esta visibilidad refleja, al tiempo que demuestra, su apertura: no se trata del establecimiento de una nueva “comunidad religiosa o cultural”, sino de la emancipación de una antigua categoría socio-económica (a la que se añade la pertenencia mayoritaria a un mismo origen cultural y a una misma religión) que se había visto doblemente marginada, geográfica y socialmente.

Dependiendo de las crisis y las controversias, se disparan los temores y se oponen las percepciones. Entonces es cuando el miedo, la desconfianza y la sospecha se instalan, convirtiendo el debate cultural y religioso en una abierta discrepancia caracterizada por la crispación y la sordera. Los medios de comunicación informan de los hechos, amplificando las reacciones, y los políticos responden a la controversia (llegando incluso, en ocasiones, a instrumentalizarla) y nos sumen en dinámicas que escapan a nuestro control. Entonces, las posturas se radicalizan provocando una especie de escisión binaria que atraviesa todos los partidos políticos, tanto de izquierdas como de derechas, y, a una escala mayor, las poblaciones de las sociedades occidentales. Cuando, tiempo atrás, se hablaba de un posible “choque de civilizaciones”, yo esbocé el concepto de “choque de percepciones”, es decir, de un conflicto de imágenes proyectadas sobre uno y los demás que amalgama por igual dudas propias, temores y prejuicios sobre los demás y simple ignorancia (tanto con respecto a uno mismo como a los demás).

Hay veces en que las posturas ideológicas y políticas se hallan poco definidas. En la nebulosa de propuestas y frente a la visibilidad del “otro”, la insistencia en los debates en torno a la cuestión de la “identidad” se torna peligrosa y genera exactamente lo contrario de lo que cabría esperar. Y, en los momentos más crispados, nuestras identidades se tornan negativas y se establecen por diferenciación (es decir, por crispación o rechazo) de la que consideramos que es la identidad del otro. De ese modo, sin embargo, acabamos construyendo una “identidad sustraída”, compartimentada y rígida, cuando lo que realmente necesitaríamos sería, por el contrario, acceder a una sensación de identidad múltiple, abierta y en continua transformación.

La presencia y proximidad del otro inquieta y molesta. Por eso las crisis se han multiplicado en torno a los fenómenos más visibles y espectaculares, como el pañuelo islámico, el niqab (velo que cubre el rostro), el burka o los minaretes, a los que habría que añadir expresiones culturales o religiosas percibidas como “ajenas”, es decir, diferentes, inusuales y demasiado “visibles”, porque todavía no se han “normalizado”, es decir, todavía no se han “neutralizado” (en el sentido de asumir, en el espacio público, un papel “neutro”). La violencia ha sido, obviamente, un importante elemento amplificador que ha provocado fuertes reacciones emocionales de rechazo ante los asesinatos indiscriminados perpetrados, en nombre de la religión musulmana, contra personas inocentes. La confluencia de todos estos factores explica por qué la situación actual y la “nueva visibilidad” de los musulmanes –que es, por naturaleza, una situación histórica transitoria (porque todo lo nuevo acaba tornándose, algún día, en viejo)– siguen trayendo su cuota de crisis cíclicas. Así es como hemos acabado recalando nuevamente en tiempos de una peligrosa “emocionalidad política”. Otro nombre para la política que apela a las emociones es el de “populismo”, un fenómeno del que ninguna sociedad contemporánea se halla completamente a salvo. Así es como el antiguo fantasma del racismo se cierne amenazador sobre nuestro futuro.

Por lo que respecta a los debates de la sociedad sobre el islam, yo suelo desempeñar el papel de “intelectual visible”. Así es como, a menudo, he sido objeto de críticas muy emotivas y blanco de proyecciones que si bien, en ocasiones, me han divertido, en otras, sinceramente, debo decir que me han preocupado. No es fácil asumir, en el ámbito intelectual, el papel que el minarete desempeña en la calle. Presente y, aunque en apariencia tan diferente, asentado entre “nosotros”. Pero el “nosotros” nebuloso, reactivo, excluyente y, a veces, dogmático, me ubica “fuera”, en el “vosotros” de la diferencia, como un extranjero, como el “otro”. Recientemente, durante una conferencia celebrada en el mes de mayo de 2009 en Estoril (Portugal), en torno al tema de “nuestra” Europa, me vi interpelado en un par de ocasiones como si fuese un extranjero en Europa. El ex presidente español José María Aznar, al afirmar que no había más que “una civilización (?) de gente civilizada”, no sabía exactamente dónde colocarme. Entre el “nosotros” restrictivo y el “nosotros” dominante hay un espacio en el que puede ubicarse perfectamente a quienes se consideran “extranjeros”, poco “civilizados”, susceptibles de ser dominados, sometidos o domesticados. Estos son los extranjeros del interior, “ciudadanos inmigrados” o “inmigrados ciudadanos” alóctonos (según la terminología neerlandesa) que jamás llegarán a ser completamente autóctonos. No resulta fácil traducir bien percepciones que desafían, de veras, las categorías más elementales del Derecho.

Las percepciones son hechos cuya influencia en el debate contemporáneo hay que tener muy en cuenta. Los resultados de una encuesta reciente del Instituto estadounidense Gallup[1] (realizada en mayo de 2009) ponen de relieve el extraordinario abismo que existe entre las poblaciones europeas, en general, y sus conciudadanos musulmanes. Cerca de tres cuartas partes de los musulmanes afirman sentirse leales a sus países de acogida (la encuesta se realizó en Francia, Alemania y el Reino Unido), un dato que sólo percibe así una cuarta parte de la población. En el caso de Alemania, por ejemplo, el número de musulmanes que se identifican con su país (46%) es más alto que el de los alemanes “de pura cepa” (36%). Los ejemplos de percepciones truncadas e inadecuadas, y en consecuencia peligrosas, son legión. Y los datos relativos a los puntos de acuerdo no son menos interesantes, porque existe una gran coincidencia, como factores determinantes para el futuro de nuestras sociedades, en torno a cuestiones tales como el empleo, la vivienda y el bienestar. Por más dispares que sean, pues, las percepciones, las expectativas y las esperanzas son similares.

En lugar, por tanto, de centrarnos en los elementos visibles que nos paralizan, haríamos bien en ocuparnos de visibilizar las preocupaciones que compartimos en materia social, política y económica. Más allá de su pluralidad cultural y religiosa, los ciudadanos occidentales comparten muchos más valores y esperanzas de lo que, a primera vista, parece. Pero, para hacerlo así, es necesario tomar antes la decisión de asumir el riesgo de abrirnos y abordar los verdaderos problemas que afectan a las sociedades contemporáneas. Se trata de unirnos para enfrentarnos juntos a la pobreza, la marginación social, el desempleo, la inseguridad, etcétera; es necesario que nos comprometamos y empeñemos en mejorar la dignidad de los seres humanos, los excluidos, los inmigrantes, los sin papeles y las mujeres y niños convertidos en mercancías de un nuevo tipo de esclavitud, que va desde la prostitución hasta la explotación más inhumana. Unámonos en un “nosotros” que, yendo más allá de las percepciones, apunte a una sociedad plural y más justa, aporte conocimiento y respeto mutuo, restableciendo el debate crítico y la esencia del acto político que afronta visiones, filosofías de gobierno, ideas y estrategias de acción.

Las cosas evolucionan y llevará un tiempo, bastante tiempo, superar la crispación actual. Y tal cosa exigirá el compromiso de las mujeres y los hombres decididos a cambiar las percepciones, valorar las diferencias y celebrar, sin rechazo, pero también sin ingenuidad, la nueva visibilidad cultural y religiosa. El debate crítico debe permanecer abierto. No se trata tan sólo de ir más allá de las percepciones, sino que también hay que ir más allá de las declaraciones de buenas intenciones.

Este fue el camino que decidí emprender cuando tenía veinte años, un camino sinuoso y difícil por el que todavía prosigo mi andadura. Se trata de mantenerse fiel a uno mismo y de enfrentarse a las percepciones, los análisis simplistas y las manipulaciones ideológicas. Es necesario determinar los objetivos, saber quiénes son nuestros amigos y reconocer el horizonte de la adversidad. El camino es largo, pero no hay más alternativa que acompañar a la historia, superando lo transitorio, y cambiar todo lo que esté en nuestra mano: nuestra inteligencia, nuestra arrogancia, nuestros miedos, nuestras dudas y nuestra ceguera. El camino es largo y difícil y yo me esfuerzo, en la medida de mis posibilidades, en no alejarme de la dirección correcta. Y también tengo la convicción, la íntima convicción, de que, por más largo y dificultoso que sea, nuestro porvenir está abierto. A “nosotros” nos toca comprometernos, con la humildad de quienes lo intentan y la ambición de quienes sirven. Ha llegado la hora de que, junto al griterío de quienes se empeñan en destruir y dividir, empiece a escucharse la voz de quienes tienden puentes y alientan el encuentro. Hay que tornarse positivamente visibles y expresar nuestro rechazo a las posturas extremas y la determinación de desarrollar un auténtico pluralismo, una filosofía asumida del pluralismo.

 

TARIQ RAMADAN

Profesor del Instituto Oriental de Estudios Islámicos Contemporáneos y del St Antony’s College (Oxford)

[1]. The Gallup Coexist Index 2009: A Global Study of Interfaith Relations, publicado en Londres, el 7 de mayo del año 2009.

INTRODUCCIÓN

El presente libro es una obra de clarificación. En las páginas que siguen expongo, de forma deliberadamente accesible, las ideas fundamentales que, desde hace más de un par de décadas, no he dejado de defender. Se trata de un texto destinado a quienes no disponen de demasiado tiempo, es decir, las personas normales y corrientes, los políticos, los periodistas, ciertos trabajadores sociales e incluso educadores deseosos de entender y, en lo posible, de corroborar. También quiero invitar a los lectores interesados en mi pensamiento a que no se contenten con teclear mi nombre en uno u otro de los motores de búsqueda de internet (y descubrir el millón de vínculos aproximados que, en su inmensa mayoría, se limitan a informar de lo que sobre mí se ha escrito), ni a quedarse con lo que dicen las enciclopedias virtuales autodenominadas “libres” (como Wikipedia, por ejemplo, con textos saturados, por otra parte, de errores y análisis sesgados), y traten de leer directamente, en su lugar, mis textos.

Durante los últimos años se me ha presentado como un “intelectual controvertido”. Y, aunque el significado de esta expresión no siempre esté claro, todo el mundo parece coincidir en que se trata de alguien cuyo pensamiento no deja a nadie indiferente. Hay quienes alaban ese tipo de pensamiento y quienes lo critican, pero en cualquiera de los casos, lo cierto es que nos obliga a reflexionar y reaccionar. Jamás me he limitado a un ámbito de interés, ni me he pronunciado tan sólo a propósito de la “religión musulmana”, si bien es importante constatar que uno de los ámbitos de mi trabajo tiene que ver con la reflexión teológico-legal a partir de las referencias islámicas. En modo alguno represento a todos los musulmanes, sino que me ubico en la corriente reformista que, para mí, consiste en permanecer fiel a los principios del islam y a sus fuentes escriturarias, teniendo simultáneamente en cuenta la evolución de los contextos históricos y geográficos. Son muchos los lectores que, por su falta de interés en cuestiones religiosas o no contar con conocimientos adecuados en ese campo, tienen dificultades en entender tanto mis objetivos como mi metodología. A diferencia de los literalistas, que se limitan a citar los versículos, los reformistas debemos colocarlos en perspectiva, contextualizarlos y esbozar nuevas comprensiones. Y es que, para que el lector o el oyente comprendan deben seguir, desde el comienzo hasta el final, el razonamiento, so pena de malinterpretar sus conclusiones y creer, por ejemplo, que se trata de un pensamiento contradictorio o que esconde un “doble lenguaje”. Convendría aquí aclarar las cosas. El “doble lenguaje” consiste en decir una cosa ante determinado auditorio, para engañarlo o adularlo, y otra cosa, con un contenido diferente, ante otro auditorio o en otro lenguaje. Pero adaptar el nivel de lenguaje o la naturaleza de las referencias en función del público no supone, en modo alguno, incurrir en un doble lenguaje. Si me dirijo, pues, a mis alumnos, utilizo un lenguaje culto y empleo referencias filosóficas que estén en condiciones de entender. Si, por el contrario, me dirijo a agentes sociales o a una audiencia de trabajadores manuales, adapto mi objetivo y ejemplos en consecuencia. Y si, por último, me dirijo a un público musulmán, mis referencias tienen necesariamente en cuenta su nivel de lenguaje y su universo de comprensión. Esa es una necesidad que me parece, desde un punto de vista pedagógico, imprescindible. Lo único que importa, para evitar incurrir en un doble lenguaje, es que el contenido de la propuesta se mantenga idéntico.

Tratándose de referencias islámicas, el método al que se atienen todas mis intervenciones consiste en presentar los hechos en tres fases claramente diferentes: 1) en primer lugar cito las fuentes, es decir, un versículo o una tradición profética (hadîth) y lo que literalmente puede entenderse; 2) luego expongo las diferentes interpretaciones propuestas al respecto, a lo largo de la historia, por los estudiosos, así como las posibles interpretaciones que, por su misma formulación, admite, a la luz del mensaje del islam, el mencionado versículo o hadîth, y 3) a partir del versículo (o hadîth) y de sus posibles interpretaciones esbozo una comprensión y una aplicación que tengan en cuenta el contexto en el que vivimos. Eso es lo que yo denomino un enfoque reformista. Ilustremos ahora lo dicho con un ejemplo: 1) existen, de hecho, textos (un versículo y algunas tradiciones proféticas) que se refieren al acto de pegar a la esposa y que cito, porque son textos que los musulmanes leen y citan; 2) hay, al respecto, un amplio abanico de interpretaciones propuestas, desde las más literalistas, que justifican el hecho de golpear a la esposa en el nombre del Corán, hasta las más reformistas, que interpretan el versículo a la luz del mensaje global, contextualizándolo, y tradiciones proféticas que tienen también en cuenta su cronología, y 3) a la luz de todas esas interpretaciones y considerando el ejemplo también del Profeta, que jamás golpeó a una mujer, yo concluyo que la violencia doméstica es contraria a las enseñanzas islámicas y que su uso resulta, en consecuencia, condenable.

Si mi lector o la persona que está escuchándome se detiene en la primera fase de mi propuesta (o si el comentarista, de manera deliberada o involuntaria, se limita a citar una parte de mi exposición), truncará mi razonamiento y podrá llegar incluso a concluir que digo lo mismo que los literalistas y utilizo un “doble lenguaje”. ¡Pero, aunque cite los mismos versículos que ellos, mis conclusiones son, no obstante, muy diferentes! Y es precisamente el hecho de que parta de las fuentes y de su interpretación lo que lleva a los musulmanes a escucharme, a leerme e incluso a reconocerse en mi mensaje.

También me he interesado por cuestiones filosóficas, sociales, culturales y políticas (tanto en su vertiente nacional como internacional). Sin embargo, por más que todos esos campos de estudio se hallen, de un modo u otro, relacionados, siempre me he esforzado celosamente en diferenciarlos de manera adecuada. Ante la confusión constatable en los debates contemporáneos sobre cuestiones sociales (en temas de identidad, religión, cultura, inseguridad, inmigración, marginación, etcétera), me he esforzado en reconstruir y secuenciar los diferentes dominios sin, por ello, desconectarlos. Espero que el presente trabajo confirme este enfoque, esta exigencia y, en suma, esta metodología.

Pero, por más que se diga que utilizo un “doble lenguaje”, nadie ha aportado jamás pruebas claras al respecto. Existe un rumor, alimentado por los periodistas, según el cual: «de él se dice que utiliza un “doble lenguaje”, etcétera». Pero ese tipo de crítica resulta muy fácil y es, con frecuencia, un argumento –que no puede verificarse (ni, en consecuencia, se ha verificado)– esgrimido por quienes, careciendo de argumentos, jamás verifican nada. También se trata, con frecuencia, de una hábil maniobra por parte de quienes, de manera voluntaria o involuntaria, incurren en una “doble audición” y sólo escuchan de manera muy selectiva. Y, aunque no trataré de defenderme, porque no tengo ganas ni tiempo para hacerlo, me parece importante que el lector entienda por qué mi propuesta despierta tantas reacciones y alienta tantas pasiones. Sé que molesto y también sé a quién molesto. Hablando de religión, de filosofía o de política, he abierto necesariamente, en el corazón de nuestra época, tan saturada de problemas, crisis y dudas, varios frentes de oposición intelectual e ideológica que despiertan enconadas animadversiones. Como el lector podrá constatar, al final del libro identifico siete tipos diferentes de “opositores” objetivos. Son sus críticas, de hecho, tanto combinadas como unidas, las que arrojan sobre mi discurso un halo de dudas y sospechas. Hay quienes, sin leerme y sin tratar de ubicar siquiera a los autores de las críticas, acaban considerando que sus conclusiones son la verdad misma. Hay un viejo refrán que dice: «no hay humo sin fuego», pero, en este caso, todavía queda por identificar quiénes, y por qué motivo, han encendido esa hoguera.